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EL DIARIO DE DIEGO

Tomo II

 

 

XIV. El día sin regreso

​( Octubre 2023 - Enero 2026)

 

Cuando terminó 2023, ya no tenía dudas: mi relación con Mary estaba rota. No deteriorada, no en crisis, no pendiente de una conversación difícil. Rota. No había forma de recomponerla ni de encontrar un punto mínimo desde el cual hablar de una solución que no fuera destructiva para todos.

 

No lo entendí de golpe. Lo entendí lentamente, como se entienden las cosas que uno se resiste a aceptar.

 

Hablé con mis hijas. Fue una conversación larga y tensa. La grabé.
Desde algún tiempo atrás, por recomendación de mi psicóloga y de otras personas cercanas, había empezado a grabar las conversaciones más tensas que ocurrían en la casa. No como una estrategia legal, sino como una forma de protegerme y de dejar constancia de lo que realmente estaba pasando en esos momentos de conflicto.

 

Esa conversación fue una de ellas.

 

Les expliqué, con palabras simples, que ya no podía seguir viviendo bajo el mismo techo que su madre. Que no había más opciones intermedias. Que uno de los dos tenía que irse.

También les dije algo que me costó decir: que si era yo quien dejaba el rancho, mi capacidad de generar ingresos desaparecería casi por completo. El rancho no era solo una casa. Era mi trabajo, mis caballos, mi unidad económica. Si yo me iba, todos íbamos a caer económicamente.

 

Ellas me pidieron que me quedara. Que esperara hasta que terminaran sus estudios. Les respondí que no era posible. Que una separación era inevitable y que, por dolorosa que fuera, era la mejor salida para todos, también para ellas. Les expliqué que su madre no quería hablar de ningún acuerdo ni de ninguna forma de organizar la separación de manera responsable. Que yo ya no tenía margen.

 

Poco después, el 27 de octubre, me fui a Arequipa.

Al principio pensé que la distancia podía servir para algo. No como huida, sino como señal. Quería que Mary entendiera que hablaba en serio, que no era una amenaza vacía. Que, pese a haberle advertido durante meses sobre las consecuencias económicas y familiares, no había vuelta atrás si ella seguía negándose a cualquier diálogo.

 

Creí —ingenuamente— que al verme irme, estaría dispuesta a hablar.

 

Durante las primeras semanas en Arequipa recibí un correo suyo. En él hablaba de la necesidad de comprar heno para los caballos, de que solo tenía alfalfa, de las cuentas que había que pagar. Volvía también sobre lo ocurrido años atrás en Tilkapata y sobre el daño que aquello había causado a nuestra hija. El tono era el de siempre: una mezcla de reproche, victimización y demandas prácticas.

 

No respondí.

 

No porque no me importara, sino porque entendí que responder significaba volver a entrar en el mismo circuito sin salida.

 

Dos semanas después recibí un mensaje oficial por WhatsApp. Una notificación de la comisaría de Urubamba. Mary había presentado una denuncia por “agresión psicológica”. Se me citaba para declarar en cuestión de días.

 

Busqué un abogado en Arequipa, recomendado por conocidos. Viajamos juntos al valle para presentarnos en la comisaría de Urubamba. Yo esperaba una citación, preguntas, quizá una investigación inicial. Lo que encontré fue otra cosa.

Allí me informaron que el juzgado de familia ya había dictado medidas de protección. Que debía retirar mis pertenencias personales del rancho ese mismo día, con acompañamiento policial. No sabíamos nada de eso. No habíamos recibido ninguna notificación previa.

 

Todo ocurrió de golpe.

 

Sin tiempo para prepararnos —sin maletas, sin vehículo, sin nada organizado— tuvimos que improvisar en el acto. Empaqué lo que pude. Envolvimos mis cosas en mantas, llamamos a un amigo, que llamó a otro amigo con una camioneta. Mis pertenencias terminaron en un hotel del pueblo.

 

Más tarde recibí la notificación oficial del juzgado: varias páginas basadas exclusivamente en la declaración verbal de Mary y en un audio antiguo, grabado años antes, en 2016, cortado y presentado fuera de contexto.

 

La mitad del documento estaba dedicada a explicaciones generales sobre derechos de la mujer, violencia familiar, prevención, protocolos. Se repetía que las medidas eran “estándar” y “preventivas”, mientras durara la investigación.

 

En la práctica, eso significaba que debía mantener una distancia determinada respecto de la casa y de la familia, que no podía comunicarme ni tener contacto alguno con Mary ni con mis dos hijas, y que no podía acceder a mis caballos, a mi vehículo ni a mi lugar de trabajo. Quedaba excluido de mi propia vida cotidiana por una decisión tomada sin que yo hubiera sido escuchado.

 

Había quedado fuera de mi vida de un día para otro.

 

Me fui con algunas mudas de ropa, zapatos y objetos básicos. Nada más.

 

Cuando retiré mis cosas del rancho, Mary estaba presente junto a su hija Melany. También estaba allí la hermana del fiscal, el mismo que está casado con la hermana de Mary, es decir, su cuñado. Ambas permanecieron durante todo el tiempo.

 

La hermana del fiscal llevaba un delantal blanco, como si fuera personal de servicio. No dijo una sola palabra. No intervino en nada. Su presencia fue constante y silenciosa.

 

En ese momento intenté llevarme al menos uno de los perros. Quería llevarme a la hembra de pastor alemán que había traído desde Holanda poco después del COVID.

 

Se lo expliqué incluso a los policías: el perro tenía pedigrí y, además, seguía siendo formalmente propiedad de mi hermano en Holanda, que me la había prestado para cría. Era una verdad parcial, pero también un intento desesperado de salvar al menos a uno de mis animales.

 

Mary se opuso de manera tajante. No permitió que me llevara a ninguno de los perros. No hubo margen para discutirlo. Así, ambos pastores alemanes —la hembra que había traído de Holanda y el macho, también con pedigrí— se quedaron en el rancho. Yo me fui sin ellos.

 

Lo intenté. No fue posible.

Una semana después llegó otra notificación.

 

Esta vez la denuncia la había presentado Melany. Me acusaba de “tocamientos indebidos”, supuestamente ocurridos cuando ella tenía entre diez y trece años.

 

Las fechas señaladas coincidían con los años en que habían ocurrido los abusos del profesor Walter en el colegio Tilkapata. En su relato reaparecían elementos de aquella etapa, incluso referencias que remitían al contexto de la escuela y a la cama cuya presencia allí nunca pudo ser explicada.

 

En esos días le envié dinero directamente a ella. Hasta entonces, quien solía hacerlo era su madre. Yo no había respondido al correo en el que Mary pedía dinero y quise asegurarme de que Melany no quedara sin recursos. Melany, ya con 21 años, estudiaba veterinaria en Sicuani y vivía sola, alquilando una habitación en un pueblo a varias horas del valle, mientras yo me encontraba en Arequipa. Aceptó el dinero sin objeciones.

 

Dos semanas más tarde presentó la denuncia, una semana después de la denuncia de su madre.

Leí la acusación y sentí que el suelo desaparecía. Relataba episodios incoherentes, escenas que nunca ocurrieron. Hablaba de un viaje, del lago Huaypo, de haber ido sentada sobre mis piernas en el auto, y luego de no recordar qué había pasado después. Era evidente que el relato no se sostenía. Aun así, quedó escrito tal como fue dicho.

 

En la comisaría, durante esa segunda declaración, apenas pude hablar. Respondí “totalmente falso”. Nada más. No había palabras disponibles para algo así.

 

Los días siguientes fueron irreales. Tardé en entender lo que estaba ocurriendo. No solo a nivel legal, sino a nivel humano. La sensación era la de mirar un cielo infinito e intentar comprender el espacio: la mente se queda sin herramientas. No hay forma de abarcarlo.

 

Meses después, ya en 2024, ocurrió algo que cambió mi comprensión de todo lo vivido. Fue entonces cuando el hombre que había sido su amante en secreto durante cuatro años me confesó lo que había ocurrido a mis espaldas. Recién ahí entendí cómo se habían encadenado las piezas.

 

Empecé a ver que lo que estaba ocurriendo no era una sucesión caótica de conflictos ni una acumulación de reacciones descontroladas, sino un proceso que había tomado forma con el tiempo. Un proceso iniciado años antes, con la llegada de Maruja a fines de 2015, y sostenido desde entonces con paciencia y constancia.

 

Comprendí que no se trataba solo del deterioro de una relación, sino de una estrategia orientada a desplazarme, a vaciarme de lugar, a apartarme de lo que había construido. Para lograrlo, se habían utilizado distintos mecanismos: manipulación, desgaste, alineamientos progresivos y, finalmente, la implicación de mis propias hijas dentro de ese esquema.

 

El objetivo no era resolver un conflicto ni alcanzar una separación ordenada. Era eliminarme de la ecuación. Y el motor de todo, comprendí entonces, no era emocional ni moral, sino económico.

 

Esa comprensión no llegó de golpe ni con alivio. Llegó tarde, cuando el daño ya estaba hecho y solo quedaba intentar entender cómo había sido posible.

 

En ese momento —no antes— comprendí que no se trataba de hechos aislados ni de una sucesión caótica de conflictos, sino de un entramado que se había ido construyendo en silencio mientras yo intentaba sostener una convivencia imposible.

 

Ese fue el verdadero inicio del Tomo II.

Empezar de nuevo mientras el proceso seguía​

 

Los dos años que siguieron a las denuncias son difíciles de describir. No por falta de hechos, sino porque la experiencia no se parece a nada de lo que uno imagina cuando escucha la palabra “justicia”.

 

Antes de todo esto, yo no tenía ninguna experiencia con procesos judiciales. Pensaba que una denuncia abría una investigación ordenada: escuchar a ambas partes, verificar hechos, tomar decisiones en plazos razonables. Era una idea simple, casi ingenua, basada en el sentido común.

 

La realidad fue otra.

 

Durante esos dos años, mi vida quedó atrapada entre notificaciones, citaciones, declaraciones, entrevistas, exámenes psicológicos, peritajes, reuniones con fiscales y abogados, documentos que llegaban tarde o con errores, diligencias que se reprogramaban sin explicación, y viajes constantes entre Arequipa y el valle.

 

Nada avanzaba con claridad. Todo avanzaba lentamente.

 

A veces la sensación no era de investigación, sino de espera. Una espera sin forma, sin plazos comprensibles, sin control.

 

Mis abogados viajaron en varias ocasiones para cumplir con diligencias y declaraciones. En una de ellas, una reunión con el fiscal se canceló apenas minutos antes de comenzar. Ambos habían viajado hasta allí, con vuelos y hotel pagados, y la diligencia se suspendió sin explicación. Ese tipo de situaciones se volvió parte del desgaste del proceso.

 

Aprendí que el proceso no seguía el ritmo de la vida real. La lógica cotidiana —causa, efecto, respuesta— dejaba de funcionar.

 

Mientras tanto, los procedimientos se multiplicaban. Declaraciones de testigos de ambos lados. Evaluaciones psicológicas obligatorias. Una entrevista psiquiátrica para determinar si yo tenía algún trastorno sexual. La entrevista en Cámara Gesell. Informes médicos. Peritajes forenses.

 

Cinco procesos distintos avanzaban al mismo tiempo.

 

Todo eso implicaba gastos constantes: abogados penal y civil, especialistas, viajes, alojamiento, trámites. Y yo ya no tenía acceso a mi unidad económica: el rancho, los caballos, el equipo, el vehículo, el trabajo que había sostenido mi vida durante décadas.

 

Era una presión silenciosa pero constante.

 

En medio de ese escenario apareció otra demanda: Mary solicitó alimentos para Gaia, que ya tenía alrededor de veinte años. Pedía una suma mensual completamente desproporcionada, basada en ingresos que simplemente no existían. Aquello confirmaba algo que empezaba a hacerse evidente: el conflicto no se estaba reduciendo, se estaba expandiendo.

 

Durante mucho tiempo traté de encontrar una lógica detrás de todo eso. Si el objetivo hubiera sido económico, habría sido mucho más sencillo llegar a un acuerdo cuando yo todavía estaba en el rancho. Nada de lo que ocurría parecía conducir a una solución. Solo producía desgaste.

 

A veces me preguntaba si aquello respondía a un cálculo racional, a una obsesión por destruirme, o a algo que yo no lograba comprender. No tenía respuestas. Solo preguntas.

 

En ese mismo período, en Arequipa, mi vida tomó otro rumbo inesperado.

La comunidad ecuestre de Arequipa, con la que llevaba años de relación, se convirtió en un sostén inesperado. Entre ellos estaba Claudio, criador reconocido, con un criadero de más de cien caballos. Nos conocíamos desde hacía muchos años. Entre 2010 y 2014 habíamos organizado juntos expediciones ecuestres por el desierto costero de Arequipa.

 

Fue él quien primero me ayudó a retomar esas rutas costeras, para que pudiera generar algún ingreso mientras todo lo demás estaba detenido. Más adelante también me apoyó con la logística necesaria para mantener las cabalgatas ya establecidas en Cusco.

 

Llegué a Arequipa prácticamente desde cero. Sin rancho, sin caballos propios, sin equipo, sin estructura. Solo con mi experiencia y algunos amigos que no dudaron en ayudar.

 

Durante el primer año comenzamos a reconstruir la operación paso a paso. Los caballos de Claudio tuvieron que ser entrenados específicamente para rutas largas. Hubo que comprar alforjas nuevas, conseguir pecheras para mantener las monturas en su lugar en las subidas, revisar equipo, ajustar cada detalle.

 

También fue necesario formar un equipo de apoyo desde el inicio. Trabajamos con el personal de Claudio y sus entrenadores de caballos, enseñándoles la lógica de las rutas, los tiempos, los lugares de descanso, los puntos de almuerzo y campamento. Hubo que encontrar un cocinero, organizar la logística de los almuerzos en ruta, planificar con anticipación qué llevar y qué no llevar. Todo lo que durante años había funcionado de manera natural en el rancho, tuvimos que reconstruirlo desde cero.

 

El primer año fue difícil. El segundo empezó a consolidarse.

 

Poco a poco logramos recuperar el mismo nivel de servicio y calidad que habíamos tenido antes, aunque el camino para llegar allí fue largo y exigente.

 

Algunas agencias se alejaron. Otras no.

 

Las más importantes se quedaron. Bajaron comisiones, ofrecieron apoyo, entendieron la situación. No necesitaban explicaciones largas. Sabían quién era yo y cómo había trabajado siempre.

 

Fue en ese período cuando entendí algo simple: los amigos verdaderos no se reconocen en los momentos de éxito, sino cuando uno está en el suelo.

 

Mientras en el valle los procesos avanzaban lentamente, en Arequipa yo intentaba reconstruir mi vida paso a paso.

 

No era una victoria. Era resistencia.

 

Mientras intentaba reconstruir el trabajo en Arequipa, los procesos en el valle seguían su curso lento y fragmentado.

 

Uno de los momentos más difíciles de ese período fue la diligencia en Cámara Gesell. Sabía que llegaría ese momento desde el inicio de la denuncia, pero nada prepara realmente para enfrentarlo.

 

La entrevista se realizó sin mi presencia, como corresponde a ese procedimiento. Yo solo podía esperar el resultado. Esa espera fue especialmente dura, porque se trataba de acusaciones que afectaban no solo mi vida legal, sino también mi identidad como persona y como padre.

 

Cuando finalmente se conocieron las conclusiones del peritaje psicológico forense, sentí un alivio difícil de describir.

 

El perito fue claro: la evaluación psicológica presentada en el proceso no cumplía con los estándares técnicos de una pericia forense. No se aplicó una metodología adecuada, no se evaluaron factores de riesgo y vulnerabilidad, y no se analizaron de manera crítica las contradicciones y vacíos presentes en el testimonio.

 

En una evaluación forense, el objetivo es examinar la confiabilidad de una declaración. Según el perito, eso no ocurrió. Por esa razón concluyó que el informe psicológico tenía un alto margen de error y no podía considerarse confiable como prueba pericial.

 

No significaba que el proceso terminara.
Pero por primera vez aparecía dentro del expediente una evaluación técnica independiente que cuestionaba seriamente la base de la acusación.

Aun así, el sistema no cambiaba de ritmo.

 

Las diligencias continuaban, los tiempos seguían extendiéndose, y la sensación de estar atrapado en un mecanismo que no controlaba no desaparecía. Aprendí que incluso cuando aparecen elementos favorables, el proceso no se detiene ni se acelera. Simplemente continúa.

 

Esa fue quizá una de las lecciones más difíciles de aceptar: la verdad, dentro de un proceso judicial, no necesariamente produce alivio inmediato.

 

Produce espera.

 

Durante ese tiempo también fui evaluado por psicólogos y psiquiatras designados dentro del proceso. Las entrevistas eran largas, repetitivas, técnicas. Respondía a preguntas sobre mi vida, mi historia personal, mi relación con la familia, mi conducta, mis emociones. Todo era examinado con un nivel de detalle que resultaba extraño, pero necesario dentro de ese contexto.

 

Los informes concluyeron que no presentaba trastornos psicológicos ni psiquiátricos. Era un resultado importante, pero, una vez más, no cambiaba el ritmo del proceso.

 

La vida seguía suspendida entre avances mínimos y largos períodos de espera.

 

Con el tiempo, esa espera dejó de sentirse como un paréntesis y empezó a convertirse en una forma de vida. Aprendí a convivir con la incertidumbre, con la imposibilidad de explicar públicamente lo que estaba ocurriendo, con la sensación constante de estar siendo juzgado por personas que no conocían la historia completa.

 

Era una carga silenciosa.

 

Sin embargo, en medio de ese período de desgaste, ocurrió algo inesperado que empezó a cambiar mi comprensión de lo que realmente había sucedido durante los años anteriores.

Meses después de la declaración en Cámara Gesell, cuando el proceso ya seguía su curso, comenzaron a aparecer explicaciones que antes no existían.

 

Fue entonces cuando apareció Rubén.

 

No formaba parte del proceso judicial, pero terminó siendo una de las piezas más importantes para entender lo que había ocurrido durante esos años.

 

Rubén había sido durante mucho tiempo una persona cercana a Mary. Yo lo conocía de manera indirecta desde antes, pero nunca había tenido con él una relación personal. Su nombre había aparecido en distintas etapas de nuestra historia, siempre en segundo plano, sin que yo entendiera realmente su lugar en todo lo que estaba pasando.

Entre abril y mayo de 2024, Rubén me llamó.

 

No fue una conversación larga al inicio. Tampoco fue dramática. Más bien fue cautelosa, como si él mismo estuviera midiendo hasta dónde podía hablar. Con el tiempo, sin embargo, empezó a contarme cosas que yo no sabía. Hechos, conversaciones, decisiones tomadas a mis espaldas durante años.

Fue entonces cuando empecé a comprender la dimensión de lo que había ocurrido mientras yo intentaba sostener la vida familiar y el trabajo en el rancho.

 

Rubén me confirmó que había existido una relación secreta con Mary durante aproximadamente cuatro años, una relación paralela cuya verdadera magnitud yo nunca había sospechado. No se trataba solo de una infidelidad, sino de un espacio de conversación y de decisiones del que yo había estado completamente excluido.

 

Muchas de las cosas que para mí habían sido incomprensibles empezaban a encontrar un contexto.

 

No fue una revelación repentina ni un momento de claridad absoluta. Fue más bien un proceso lento, hecho de fragmentos que iban encajando: comentarios que antes no tenían sentido, actitudes que en su momento parecían inexplicables, decisiones que habían afectado directamente la vida en el rancho y la relación con mis hijas.

 

Escucharlo fue difícil, pero también necesario.

 

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien estaba dispuesto a hablar sin gritos, sin acusaciones, sin versiones cambiantes. Solo hechos, tal como él los había vivido.

 

No todo lo que dijo era fácil de aceptar. Algunas cosas dolían. Otras confirmaban intuiciones que yo había preferido no seguir. Pero, poco a poco, la confusión empezó a disminuir.

 

Durante los meses siguientes, en varias conversaciones, Rubén me ayudó a reconstruir una parte de la historia que yo no había podido ver desde dentro.

 

No era una explicación total. Tampoco una absolución de nadie. Pero sí una pieza fundamental para entender cómo se habían ido alineando decisiones, silencios y relaciones hasta desembocar en las denuncias y en la ruptura definitiva de mi vida en el valle.

 

Mientras el proceso judicial seguía avanzando lentamente, esa comprensión personal empezó a devolverme algo que había perdido durante esos dos años: una cierta sensación de realidad.

 

No resolvía nada en los tribunales.
Pero me permitía entender.

 

Y, en ese momento, entender era lo único que realmente necesitaba.

Durante esos dos años aprendí a vivir en dos tiempos distintos.

 

Por un lado, el tiempo lento e impredecible del proceso judicial, donde cada avance parecía diluirse en nuevas esperas. Por otro, el tiempo concreto del trabajo diario en Arequipa, donde cada cabalgata organizada, cada caballo entrenado y cada cliente satisfecho confirmaban que todavía era posible seguir adelante.

 

Nada de eso resolvía el conflicto en el valle. Las denuncias seguían su curso, los expedientes crecían y las decisiones se postergaban. Pero al menos mi vida no estaba completamente detenida.

 

Mirando hacia atrás, ese período fue una combinación extraña de desgaste y reconstrucción. Perdí casi todo lo que había construido durante décadas en el rancho, pero no perdí mi oficio ni la confianza de quienes realmente me conocían.

 

Eso hizo la diferencia.

 

Con el tiempo entendí que la justicia institucional tiene su propio ritmo, ajeno a la urgencia humana. Uno puede desesperarse, pero el sistema no se mueve más rápido por eso. Lo único que queda es resistir y seguir viviendo mientras el proceso continúa.

 

Y eso fue lo que hice.

 

Seguí trabajando. Seguí viajando. Seguí esperando.

 

Hasta que, en medio de ese equilibrio precario, ocurrió algo que volvió a sacudirlo todo.

 

Un correo electrónico enviado por Mary a mis contactos internacionales cambió nuevamente el escenario.

El correo

El 9 de enero de 2024, Mary envió un correo electrónico a varios de mis contactos internacionales, personas con las que había trabajado durante más de dos décadas en la organización de cabalgatas y viajes ecuestres en el Perú.

 

El mensaje era largo y confuso. Mezclaba acusaciones personales, relatos distorsionados y afirmaciones sobre la situación económica del rancho. En el centro de todo estaba una acusación especialmente grave: que yo había abandonado a mi familia y a los animales, y que uno de mis perros había muerto como consecuencia de ese abandono.

 

Adjuntaba una fotografía de Antón.

 

Pero el correo no se limitaba a las acusaciones. También tenía un objetivo comercial explícito.

 

Mary afirmaba que yo me había llevado todo el dinero del negocio y que ahora trabajaba en Arequipa con otros caballos, olvidándome del rancho. Presentaba la muerte de Antón como consecuencia directa de ese supuesto abandono.

 

Hacia el final del mensaje pedía directamente a las agencias que continuaran las reservas con su nueva empresa. Anunciaba la creación de una página web propia y presentaba un calendario de cabalgatas para el año 2024 con los mismos programas, fechas y rutas que habíamos ofrecido durante años desde el rancho.

 

Afirmaba también que ella siempre había sido la responsable de la logística de las cabalgatas y que ahora asumiría el rol de guía principal.

 

La difamación y la propuesta comercial aparecían en el mismo mensaje.

 

Varios de esos contactos me reenviaron el correo. Algunos me escribieron directamente. No para acusarme, sino para entender qué estaba ocurriendo. Eran agencias y colegas con los que había trabajado durante muchos años, personas que conocían mi manera de trabajar y el cuidado que siempre había tenido con los animales.

 

No todos reaccionaron igual. Algunas agencias prefirieron tomar distancia. No porque creyeran el contenido del correo, sino porque me preguntaron directamente qué estaba ocurriendo, y yo les expliqué la situación con honestidad: los procesos judiciales, la imposibilidad de acceder al rancho y a mis caballos, y el hecho de que estaba reorganizando las cabalgatas desde Arequipa con apoyo de amigos y utilizando sus caballos y logística.

 

En el turismo ecuestre internacional, algunos operadores prefieren evitar riesgos cuando existen conflictos personales o procesos legales en curso. Para ellos, enviar clientes en medio de esa incertidumbre resultaba demasiado complejo, independientemente de quién tuviera la razón.

 

Fueron pocas agencias las que tomaron esa decisión. Las más importantes no lo hicieron. Me conocían desde hacía años, sabían cómo había trabajado siempre y entendían que la situación era temporal. Algunas incluso ajustaron sus condiciones comerciales para ayudarme a mantener la operación mientras todo se aclaraba.

 

Ese respaldo marcó una diferencia real en un momento en que todo lo demás parecía inestable.

 

Ese apoyo confirmó algo que ya había empezado a entender durante esos años: la confianza real no desaparece con un correo.

Después del envío del correo, representantes de una organización de protección animal visitaron el rancho. La visita se realizó a partir de las acusaciones contenidas en el mensaje de Mary.

 

En ese momento, uno de los abogados vinculados a la organización dio por hecho que existía un certificado veterinario que explicaba la muerte de Antón por causas naturales. Esa afirmación se basaba en lo que Mary había dicho, no en un documento verificado.

 

Durante mucho tiempo se asumió que ese certificado existía.

 

Recién tiempo después, al insistir en obtener una copia, supe que nunca había habido tal certificado veterinario. La referencia al documento había sido una suposición hecha por el abogado, quien había creído la versión inicial sin conocer el contexto completo ni los hechos anteriores.

 

Ese episodio mostró con claridad cómo una historia podía instalarse como verdad antes de ser comprobada.

La querella por difamación siguió su curso dentro de los tiempos habituales del sistema judicial. Declaraciones, presentación de documentos, audiencias espaciadas en el tiempo. Cada paso avanzaba lentamente, como si el conflicto se moviera siempre un poco por detrás de la vida real.

 

Durante el proceso, ella sostuvo que el correo había sido un mensaje privado, una especie de pedido de ayuda, y que actuaba como víctima de la situación. También presentó fotografías del refugio de los perros y de sesiones de entrenamiento de protección para sostener la idea de maltrato animal.

 

El refugio no era una jaula ni un espacio de encierro permanente. Era una caseta amplia, con techo y sombra, construida para que los perros pudieran descansar durante el día en un lugar seguro. Por las noches, ambos pastores alemanes dormían dentro de la casa, frente al dormitorio de las niñas, como parte de la protección cotidiana de la familia y del rancho.

 

Durante el día, en algunos momentos, los perros permanecían en ese espacio por una razón práctica: en el rancho había otros animales —caballos, ovejas, pavos, gatos— que a veces estaban sueltos, y sin vigilancia los perros podían perseguirlos. No era castigo ni abandono, sino manejo responsable de animales en un entorno rural.

 

Llevo muchos años trabajando con perros de protección. He entrenado perros durante gran parte de mi vida y participé incluso en un campeonato mundial en Boston, en Estados Unidos. Siempre he trabajado siguiendo estándares internacionales de bienestar animal y métodos de entrenamiento basados en simulación y control, no en castigo. El uso de un palo durante el entrenamiento, por ejemplo, era parte de esa simulación, no un instrumento para golpear al animal.

 

Nada de ese contexto apareció en el juicio.

 

Las imágenes presentadas se interpretaron fuera de su realidad cotidiana, como si mostraran encierro o maltrato, cuando en realidad formaban parte de la vida normal de perros entrenados para proteger una casa y una familia en el campo.

 

En el mismo juicio, sin embargo, ella reconoció que Antón no había muerto por las razones que había escrito en el correo, sino por su edad.

 

Aun así, la decisión del juez no cambió.

 

Hubo episodios difíciles de comprender durante ese proceso. En una ocasión Mary no se presentó a una audiencia importante y fue declarada reo contumaz. Días después recibimos una notificación policial indicando que se encontraba “a disposición del juez”. Ese mismo día, sin embargo, fue vista haciendo compras en el mercado del pueblo.

 

Nada de eso alteró el curso del juicio.

 

Recuerdo que, en un momento del proceso, mi propio abogado me dijo en privado:
“Este juez es una vergüenza.”

 

No supe qué responder.

 

Apelar la decisión era una posibilidad. Aún lo es. Pero después de dos años de procesos, gastos y desgaste, también apareció otra necesidad: seguir adelante.

 

No todo conflicto se resuelve en los tribunales.

Algunas cosas simplemente se cierran cuando uno decide dejar de vivir dentro de ellas.

 

Después de la querella, lo que más permanece en mí no es la decisión del juez ni los argumentos del juicio.

 

Es el recuerdo de Antón.

 

Durante el proceso se presentó el video grabado por Mary en los últimos momentos de vida del perro. Ver esas imágenes fue devastador. Antón aparecía en un estado de deterioro extremo, reducido a piel y hueso.

 

Hasta hoy no logro entender por qué alguien filmaría a un animal en ese estado en lugar de buscar ayuda inmediata. No hubo llamada. No hubo pedido de apoyo. No hubo intervención veterinaria visible.

 

Ese silencio es lo que más me cuesta comprender.

 

Durante ese mismo período, los caballos y los demás animales del rancho estaban alimentados. También existían recursos para pagar un abogado privado y para el uso cotidiano del vehículo. Por eso resulta difícil aceptar que no hubiera posibilidad de atender a un perro anciano que claramente necesitaba cuidado urgente.

 

No puedo saber exactamente qué ocurrió en esos días. Solo sé que yo no tenía acceso al rancho ni posibilidad de intervenir.

 

Antón era mi perro. Y verlo morir en esas condiciones, sin poder hacer nada, es algo que no voy a olvidar.

 

No por el proceso judicial.
Por él.

 

Epílogo

 

Este diario no fue escrito para ganar un juicio ni para responder a una acusación específica. Fue escrito para contar la historia completa, algo que los procesos judiciales nunca permiten hacer.

 

Los expedientes trabajan con fragmentos, versiones parciales y tiempos limitados. La vida, en cambio, ocurre en continuidad. Muchas de las cosas que forman parte de esta historia —decisiones, silencios, influencias, relaciones ocultas, interpretaciones interesadas de los hechos— no pueden entenderse dentro de un procedimiento legal.

 

Aquí sí.

 

Sé que estas páginas contienen episodios y verdades que durante mucho tiempo permanecieron ocultos o fueron interpretados de otra manera. No fueron escritos para convencer a nadie, sino para dejar constancia de lo vivido desde mi propia experiencia.

 

Tal vez algún día quienes formaron parte de esta historia puedan leerla completa, sin intermediarios ni versiones fragmentadas. No necesariamente ahora. Tal vez más adelante, cuando el tiempo y la distancia permitan mirar las cosas de otra manera.

 

Ese es, en el fondo, el único sentido de este diario.

 

No temo las consecuencias de decir la verdad. Los procesos legales siguen su curso, con sus reglas y sus límites. Este texto pertenece a otro espacio: el de la memoria y la experiencia vivida.

 

La verdad no pide permiso.

Y el tiempo, tarde o temprano, suele poner cada cosa en su lugar.

 

Maria Zans

Valle Dorado Lodge, Urubamba - Peru
© 2025

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