
​El Diario de Diego
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EL DIARIO DE DIEGO
Tomo I
I. El comienzo
(2004–2011)
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Cuando Mary llegó al rancho, lo hizo para trabajar. Limpiaba, cocinaba, ayudaba en lo que hacía falta. Yo llevaba años allí. El rancho ya existía. La casa principal estaba construida, el trabajo funcionaba y mi vida en Perú tenía una estructura previa, levantada con esfuerzo y tiempo.
Mary venía del pueblo. Tenía una hija pequeña, Melany. El padre nunca asumió ninguna responsabilidad. No estuvo presente, no aportó, no mostró interés. Con el tiempo, Mary se mudó conmigo al rancho junto con su hija. La vida se reorganizó sin grandes declaraciones. Las cosas simplemente se acomodaron.
Yo tenía cuarenta y ocho años. Mary tenía veintidós. La diferencia de edad era evidente y no la ignoré. La pensé. La dudé. Me hice preguntas. Creí que podía manejarla con honestidad y responsabilidad, que la estabilidad compensaría esa asimetría. Hoy sé que subestimé su peso real y sus consecuencias.
No nos casamos. En ese momento no lo vi como un problema. Pensaba que el compromiso se medía en hechos, no en papeles.
En mayo de 2005 nació Gaia. Recuerdo ese momento con claridad: una mezcla de alegría, responsabilidad y una sensación profunda de estar entrando en otra etapa de la vida. Me tomé ese rol en serio. Quizá demasiado desde lo práctico, desde la obligación, desde la idea de sostener.
Durante los primeros años, la vida fue estable. No perfecta, pero ordenada. El rancho marcaba el ritmo. Los animales, los clientes, las temporadas. Yo vivía enfocado en mantener todo funcionando, en anticipar problemas, en resolver lo concreto. Pensaba que eso era cuidar.
Las niñas crecieron rodeadas de rutina, naturaleza y presencia. Nunca faltó comida, ni atención, ni una estructura diaria. Yo confiaba en ese entorno. Confiaba en el orden que habíamos construido. Creía que bastaba.
Esa confianza era real. No era ingenua en su origen, pero sí incompleta.
Y con el tiempo —mucho después— entendería que también fue uno de mis errores más profundos.
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II. Los años tranquilos que parecían sólidos
(2011–2013)
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Durante un tiempo largo, la vida pareció asentarse. No de una manera espectacular, sino con esa solidez discreta que uno aprende a no cuestionar demasiado cuando ha trabajado duro para alcanzarla.
El rancho funcionaba. El trabajo era constante. Los caballos estaban bien. Los clientes llegaban. Las temporadas se sucedían con una regularidad que daba tranquilidad. Yo me sentía cansado, sí, pero también satisfecho. Tenía la sensación —quizá demasiado cómoda— de haber construido algo que se sostenía por sí mismo.
Mary estaba allí. Presente, aunque muchas veces en silencio. Melany crecía. Gaia también. Yo intentaba estar atento a todo, pero no puedo decir que fuera un hombre ligero. Vivía mucho en el hacer. En resolver. En anticipar problemas prácticos. Pensaba que eso era cuidar.
Durante algunos años decidimos vivir en Arequipa. No fue una huida del rancho ni un abandono del valle. Fue una decisión pensada alrededor de las niñas. Quería que estudiaran en un buen colegio privado. Nunca confié en la educación pública, ni en el valle ni en el país en general. No por desprecio, sino por experiencia. Prefería invertir dinero en educación que lamentar carencias más adelante.
Alquilé una casa cómoda, luminosa. Arequipa ofrecía otras posibilidades. Mientras tanto, yo viajaba con frecuencia entre la ciudad y el valle. Organizaba expediciones a caballo en la costa del desierto arequipeño y, al mismo tiempo, mantenía el rancho en funcionamiento. Era agotador, pero posible. Vivía con la sensación de estar sosteniendo muchas cosas a la vez, y de hacerlo bien.
Mary, con el tiempo, quiso regresar al valle. A la casa. Al rancho. No hubo una discusión grande al respecto. Yo acepté. Me pareció razonable. El rancho siempre había sido el centro de todo.
Antes de que eso ocurriera, revisamos distintas opciones educativas. Visitamos colegios. Preguntamos. Comparamos. Finalmente decidimos inscribir a las niñas en Tilkapata. Era un colegio privado, pequeño, con un enfoque tipo Montessori, dirigido por una mujer alemana. Parecía una buena elección. Más consciente. Más respetuosa. Más cercana.
Pensé que estábamos eligiendo bien.
Entre los años escolares 2012 y 2013, Melany y Gaia asistieron a Tilkapata. Yo las veía salir cada mañana. Volver por la tarde con dibujos, tareas, comentarios sueltos del día. A veces hablaban de cosas triviales. A veces se quejaban de alguna clase aburrida. Nada parecía fuera de lugar.
Con el tiempo, sin embargo, empezamos a notar algo que nos inquietaba. No veíamos avances sólidos en lo básico. Lectura, escritura, matemáticas. Todo parecía girar en torno a estar bien, cantar, hablar de la naturaleza, expresar emociones. Pero lo esencial no se afirmaba.
No hubo una alarma puntual. No hubo sospechas. Solo una sensación creciente de que no era el lugar adecuado para lo que necesitaban.
Por eso, después de dos años escolares completos, decidimos cambiar de colegio. Fue una decisión pedagógica, no reactiva. Las niñas pasaron a otra institución privada. Tilkapata quedó atrás como una etapa cerrada.
Durante más de un año, no se habló de nada más.
Y aquí es donde me detengo, porque escribir esto ahora me obliga a una honestidad incómoda.
Si hubo señales, no las vi.
Si hubo silencios significativos, los confundí con timidez.
Si hubo cambios, los atribuí al crecimiento.
En ese momento, su mundo me parecía seguro. No porque lo hubiera comprobado todo, sino porque confiaba en el entorno que habíamos elegido. Confiaba en la idea de que una escuela privada, con un discurso cuidado, ofrecía protección.
Esa confianza era real.
Y precisamente por eso, cuando se rompió, lo hizo de una manera brutal.
Pero en esos años —2011, 2012, 2013, incluso 2014— yo no vivía con sospecha. Vivía con una certeza tranquila, casi inconsciente, de que las cosas estaban bajo control.
Hoy sé que no lo estaban.
Entonces, no.
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III. Mayo de 2015 — El día en que algo se desató
Hay días que no se olvidan porque no se pueden acomodar en la memoria sin que duelan.
Fue por la tarde.
Entré a la casa y las vi sentadas en la mesa grande del comedor. Mary estaba allí, y las dos niñas frente a ella. No estaban jugando. No estaban comiendo. Había una quietud extraña, una de esas que no se explican pero que el cuerpo reconoce antes que la cabeza.
Mary me pidió que me sentara.
No levantó la voz. No dramatizó. Lo dijo como si fuera una instrucción simple. Ahora pienso que eso fue lo más inquietante de todo.
Me senté.
Las niñas empezaron a hablar.
No fue un relato ordenado. No fue una historia con principio y fin. Fueron frases sueltas, interrumpidas, palabras que parecían demasiado grandes para salir de sus bocas. Hablaron de un adulto del colegio. De un profesor. De situaciones que no correspondían a una escuela ni a la edad que tenían.
Yo escuchaba y sentía cómo algo dentro de mí se iba desarmando, pieza por pieza, sin ruido.
Hice preguntas. Muchas.
¿Qué pasó?
¿Dónde?
¿Cuándo?
¿Una vez o más?
Preguntaba porque necesitaba entender. Porque no podía aceptar lo que estaba escuchando. Porque una parte de mí todavía buscaba una explicación que hiciera que todo aquello no fuera real.
Ellas hablaban. A ratos. Hasta que en un momento dijeron:
—Pa, no queremos hablar más.
Se levantaron y se fueron a su cuarto.
No hubo portazos. No hubo gritos. Solo se fueron. Como si ya hubieran dado todo lo que podían dar.
Yo me quedé sentado unos segundos más. No sé cuántos. El tiempo dejó de funcionar de la manera habitual. Me levanté y salí de la casa.
Mary me siguió.
Estábamos afuera. Yo no podía hablar. No podía pensar con claridad. Sentía el cuerpo caliente, tenso, como si algo estuviera empujando desde adentro buscando una salida. Miré alrededor sin saber exactamente qué buscaba. Vi un palo de madera. Lo tomé.
No recuerdo haberlo pensado. Solo lo tomé.
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Subí al carro y me fui.
Si intento volver mentalmente a Tilkapata —y lo hago ahora, escribiendo— todavía me cuesta reconciliar la imagen con lo ocurrido.
Tilkapata no parecía una escuela “normal”. Eso era precisamente lo que nos había atraído. No había edificios grandes ni aulas tradicionales. Eran pequeñas construcciones, cabañas de adobe y madera dispersas entre árboles, con un aire rústico y “natural”. Todo estaba pensado para transmitir cercanía, libertad, ausencia de jerarquías.
Se hablaba mucho de expresar emociones. De escuchar al niño interior. De estar en contacto con la tierra. De respetar los ritmos personales. Había cantos. Había discursos sobre la Madre Tierra. Sobre ser auténtico. Sobre crecer sin represión.
Los profesores no vestían como profesores. Parecían más bien parte de una comunidad alternativa. Walter Machuca encajaba perfectamente en ese entorno. Era un hombre mayor, con el cabello casi inexistente arriba y una cola larga atrás. Un “viejo hippie”, como se habría dicho sin mala intención. El tipo de persona que uno asocia con lo alternativo, con lo inofensivo, con alguien que habla de paz y sensibilidad.
Nunca me dio una alarma directa. Y eso, hoy, me duele escribirlo.
Algunas de las cabañas tenían un segundo nivel. No era evidente desde afuera. Eran espacios pequeños, elevados, a los que se accedía por una escalera interna. En una de esas aulas, supe después, había una cama.
Una cama.
Todavía hoy me cuesta escribir esa palabra sin detenerme. Nadie supo explicarme nunca por qué había una cama en una escuela. En un espacio donde los niños pasaban el día. No hubo una razón pedagógica. No hubo una justificación clara. Solo evasivas.
En ese momento, cuando las niñas hablaban, todas esas imágenes empezaron a superponerse en mi cabeza. El discurso “alternativo”. Las cabañas. La cama. El profesor que hablaba de sentimientos y energía. Todo lo que antes me había parecido inofensivo empezó a volverse siniestro.
Salí del rancho con una sola idea en la cabeza.
No voy a escribir esa palabra.
No hace falta.
Solo alguien que tiene hijas puede entender ese estado mental. No es racional. No es moral. No es defendible. Es algo que toma el control del cuerpo antes de que la cabeza tenga tiempo de intervenir.
No tenía su dirección. No sabía dónde estaba.
Fui al colegio.
Hablé con el director. Me dijo que ya no trabajaba allí. Que se había ido cuando mis hijas dejaron la escuela. Que quizá estaba en otro colegio. No sabía más.
Me subí al auto otra vez. Fui de escuela en escuela. Pregunté. Dije su nombre. Nadie sabía nada. O nadie decía saber.
En algún momento hablé con un policía que conocía. No como denuncia formal. Como hombre a hombre. Me explicó los procedimientos. Los tiempos. Los exámenes. La cámara especial. Me explicó que había pasado más de un año. Que el proceso sería largo. Que sería duro para las niñas.
Volví a hablar con Mary. Lo hablamos muchas veces. Decidimos no seguir ese camino. No porque lo ocurrido no importara, sino porque no queríamos volver a exponer a las niñas a algo que podía romperlas otra vez.
Pero yo no paré.
Pagué para que lo buscaran. Llamé a contactos. Moví todo lo que tenía a mi alcance. No pensaba en leyes ni en consecuencias. Pensaba en encontrarlo.
Pasaron semanas. Meses.
Un día supe que estaba trabajando en un teatro en Lima.
Recuerdo con precisión el momento en que esa información llegó. Sentí una claridad peligrosa. Como si todo se hubiera alineado de repente. Estaba a punto de moverme.
Dos días después, me dijeron que había muerto.
Cáncer.
No sé qué sentí exactamente. No fue alivio. No fue satisfacción. Tampoco fue tristeza. Fue algo más difícil de nombrar. Una mezcla de vacío, de incredulidad, de una pregunta que no tenía respuesta.
¿Coincidencia?
¿Destino?
¿La mano de algo que no entiendo?
No lo sé.
Hoy, al escribir esto, puedo ver con más claridad la trampa que hubo en todo ese escenario. Cómo un discurso de libertad, de cuidado, de “ser feliz”, puede convertirse en una máscara perfecta. Cómo lo alternativo puede desactivar la sospecha. Cómo uno baja la guardia cuando cree estar en un lugar seguro.
En ese momento, yo no veía eso.
Yo solo era un padre en shock, intentando no perder el control.
Y eso también forma parte de la verdad.
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IV. La llegada de Maruja y Rubén
(Julio de 2015 – 2016)
Después de lo ocurrido con las niñas, la casa ya no era la misma. No había discusiones constantes, pero había algo peor: una tensión sorda, permanente, que no encontraba salida. Yo estaba enfocado en mantener la rutina, en que las cosas siguieran funcionando. El rancho no podía detenerse. Los caballos necesitaban atención diaria. Las rutas seguían. Los compromisos con clientes seguían.
Mary, en cambio, parecía cada vez más ausente, incluso cuando estaba presente. No hablaba mucho. Pasaba largos ratos en silencio. Yo interpreté eso como duelo, como una forma distinta de procesar lo ocurrido. No pensé que fuera algo peligroso. Pensé que había que darle tiempo.
Fue en ese contexto que, alrededor de julio de 2015, llegó Maruja al rancho.
No llegó sola.
Vino con Rubén.
Maruja fue presentada como alguien que podía ayudar en la casa y en la cocina. Mary la conocía de antes. Yo no. Era una mujer mayor que Rubén, de trato aparentemente tranquilo, con una forma de hablar suave, casi maternal. Desde el principio hablaba de “energías”, de “cosas que se sienten”, de problemas que no siempre se ven. No le di importancia. En el valle, ese tipo de lenguaje no es raro.
Rubén, en cambio, era joven. Callado. Correcto. Empezó a trabajar como chofer durante las cabalgatas de varios días. Transportaba equipos, ayudaba con la logística, hacía lo que se le pedía sin discutir. El rancho estaba creciendo y toda ayuda parecía necesaria.
En ese momento, nada me pareció extraño.
Rubén trabajó entre seis y ocho meses. Luego desapareció. No hubo una despedida clara ni una explicación concreta. Simplemente dejó de venir. Yo lo asumí como una rotación más de gente que pasa por el rancho. No fue la primera ni la última vez que alguien se iba sin mayores explicaciones.
Hoy me sorprende lo poco que cuestioné eso.
En ese entonces, yo no sabía que Maruja sabía —desde el inicio— que Mary y
Rubén habían iniciado una relación secreta. No solo lo sabía: la alentó. Rubén me lo confesó muchos años después, recién a inicios de 2024, cuando se enteró de las denuncias falsas presentadas por Mary a fines de 2023.
En 2015 y 2016, yo no sabía nada de eso.
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V. Señales que entonces no supe leer (2014–2016)
Hay recuerdos que no regresan como escenas, sino como preguntas. Durante años pensé que lo que ocurrió entre 2014 y 2016 había sido una suma de malentendidos, tensiones normales, errores humanos. Hoy sé que allí estaban muchas de las señales. No eran claras. No gritaban. Pero estaban.
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Huaypo
El lago Huaypo era, para mí, un lugar simple. Iba con los perros para que corrieran, nadaran, gastaran energía. A veces iba solo. A veces con una de las niñas. A veces con todos. No había rituales. No había secretos. Solo aire, agua fría, perros felices.
En 2014 llevé a Melany una vez. Tengo fotos de ese día. Las fechas no mienten: ella tenía doce años. No recuerdo nada especial de esa salida. Para mí fue una tarde más, una de tantas.
Por eso, años después, cuando ese lugar empezó a aparecer cargado de insinuaciones, me desconcertó. Huaypo comenzó a ser mencionado por Mary durante discusiones, siempre de la misma forma, siempre con la misma etiqueta: tocamientos indebidos. No como un recuerdo contado, sino como una acusación ya formulada, repetida sin contexto ni detalles.
En ese momento no entendía qué estaba ocurriendo. Pensé que eran palabras dichas desde la rabia. No imaginé que estaban sembrando algo.
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La visita de mi hermana
En 2016 mi hermana vino a visitarme desde Holanda. En algún momento habló a solas con Mary. Yo no estuve presente.
Más tarde, Mary describiría esa conversación como un diálogo “de mujer a mujer”. Dijo que había buscado consejo, opinión, orientación. Le habló de nuestra relación. Le dijo que no estaba segura de si realmente me amaba, que necesitaba tiempo para descubrirlo. Esa parte la supe después, por mi hermana. En ese momento yo no sabía que Mary ya había iniciado una relación secreta con Rubén.
Durante esa misma conversación, Mary introdujo otro tema.
Le dijo a mi hermana que Melany le había contado que, en una salida conmigo al lago Huaypo, yo la había tocado en el pecho y que a ella no le había gustado.
La reacción de mi hermana fue inmediata y clara. Le dijo que me conocía toda la vida. Que, antes de dar por cierto algo así, había que entender el contexto. Que preguntara a su hija cómo había ocurrido, en qué circunstancias, si había sido accidental o intencional. Y que, si después de hablar con ella seguía convencida de que había sido algo deliberado, entonces debía denunciarlo de inmediato, incluso si se trataba de su propio hermano.
La conversación terminó ahí.
No hubo denuncia.
No hubo búsqueda de aclaración conmigo.
No hubo intento de entender.
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La palabra que empieza a vivir sola
A partir de entonces, esa expresión —tocamientos indebidos— empezó a circular. No como un hecho narrado, sino como una fórmula. Aparecía en discusiones. En reproches. En insinuaciones. Siempre la misma palabra. Siempre sin escena.
Yo no entendía qué estaba pasando. No tenía memoria alguna de algo que pudiera explicar semejante acusación. Y, sin embargo, la palabra seguía allí, flotando, como si no necesitara sostenerse en nada.
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La acusación formal y el vacío
Años más tarde, cuando finalmente hubo una acusación formal, Huaypo volvió a aparecer.
En la declaración policial, Melany mencionó el lago. Dijo que habían ocurrido cosas graves. Y luego, en medio del relato, algo se quebró. Dijo —o quedó dicho— que no recordaba qué había pasado después. Que no sabía explicar la secuencia. Que no podía continuar.
Esa frase —“no recuerdo”— quedó grabada en mí por otra razón, más inquietante. No era un olvido espontáneo. Era una interrupción.
El lago Huaypo había sido mencionado durante años, repetido una y otra vez por Mary durante discusiones, como una etiqueta fija: tocamientos indebidos. No como un recuerdo narrado, sino como una acusación ya formulada.
Cuando llegó el momento de declarar, Huaypo debía estar allí, porque formaba parte del guion aprendido. Pero al intentar avanzar, al tener que convertir la palabra en escena, el relato se desarmó. No había una secuencia propia que sostener.
La historia se detuvo donde ya no había memoria vivida, solo repetición. Y en ese punto apareció la confusión: no recuerdo.
Fue entonces cuando entendí que no estaba escuchando un recuerdo que fallaba, sino una narrativa que, al ser exigida como experiencia real, se quedaba sin cuerpo.
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Lo que yo sentí entonces
En ese momento no supe qué pensar. No quise pensar. Sentí vértigo. Algo profundamente injusto y desordenado estaba ocurriendo, pero no tenía las herramientas para nombrarlo.
Solo veía cómo una palabra, repetida una y otra vez, iba ganando peso sin haber sido nunca contada.
Y mientras tanto, la convivencia se deterioraba. Mary se volvía más agresiva, más provocadora. Las discusiones ocurrían cada vez más delante de las niñas. Yo intentaba no reaccionar. Pensaba que el silencio era protección. No sabía que también podía ser usado en mi contra.
Hoy sé que esas escenas eran el inicio de algo más grande. Pero entonces solo sentía que algo no encajaba.
Y que, de algún modo, el lago Huaypo seguía volviendo sin existir.
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VI. El aislamiento
A comienzos de 2016, la convivencia empezó a deteriorarse de una manera que ya no podía atribuirse solo al cansancio o a una crisis pasajera. Algo había cambiado en la forma en que Mary se relacionaba conmigo. No era una discusión puntual. Era un estado permanente de confrontación.
Mary empezó a provocarme de manera constante. Me acusaba de casi todo: de no querer a las niñas, de arruinarle la vida, de ser responsable de cualquier problema que apareciera. Enviaba mensajes a antiguos trabajadores del rancho, hablaba mal de mí fuera de la casa, y dentro, el clima se volvió cada vez más agresivo, más hostil, más imprevisible.
Las niñas empezaron a estar presentes en casi todas las discusiones. Comentarios hechos delante de ellas. Insinuaciones. Relatos distorsionados. Yo no tenía entonces el lenguaje para nombrarlo, pero hoy sé que ahí comenzó un proceso de alineación y de desgaste del vínculo entre ellas y yo. En ese momento solo sentía que algo se estaba rompiendo y que no entendía por qué.
Yo intentaba mantener la calma. No responder. No elevar la voz. No agravar la situación. Creía que el silencio era una forma de protección. No entendía que, en ese contexto, incluso el silencio podía ser utilizado en mi contra.
Poco tiempo después de la llegada de Rubén —y de la salida aparente de Maruja— Mary dejó el dormitorio principal y empezó a dormir en una caseta junto al portón de entrada del rancho.
Era una construcción pequeña, antigua, separada de la casa. No era cómoda. No era visible. No era un lugar lógico para alguien que buscara tranquilidad dentro de una convivencia.
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Lo que hacía aún más extraño ese gesto es que, junto a la casa principal, existía una casa de huéspedes completamente equipada: amplia, cálida, con chimenea y pensada precisamente para ofrecer tranquilidad y descanso.
Mary no eligió ese lugar.
Eligió la caseta más alejada, la menos visible desde la casa, la más cercana a la salida.
En ese momento pensé que se trataba de distancia emocional. Hoy sé que no era una decisión afectiva, sino práctica.
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Años después supe que esa ubicación permitía algo muy distinto: salidas nocturnas sin ser vista, encuentros discretos, visitas ocultas. Supe que Rubén la recogía o que ella se desplazaba al pueblo, donde él alquilaba un cuarto. Supe que Maruja también entraba por las noches, incluso después de haber sido despedida.
Nada de eso formaba parte de mi comprensión entonces.
Lo único que veía era que Mary se volvía distinta. Más irritable. Más agresiva. Provocadora. Insinuando hechos falsos. Buscando conflictos donde antes había conversaciones. Las tensiones se acumulaban. La casa dejó de sentirse como un lugar seguro, aunque yo no sabía explicar por qué.
En algún momento de 2016, uno de esos conflictos cruzó un umbral. No fue un episodio aislado, sino el resultado de meses de provocaciones, gritos, insultos y empujes constantes. Las discusiones ya no eran solo verbales. Yo me sentía acorralado, llevado al límite, empujado a reaccionar.
Después de ese episodio —que marcó un antes y un después para mí— hubo una reconciliación.
Es difícil escribir esa palabra sin incomodidad, pero es la verdad. Hubo una reconciliación. No porque el conflicto se hubiera resuelto, sino porque casi al mismo tiempo apareció algo que cambió mi comprensión de lo que estaba ocurriendo.
Encontré la primera prueba concreta de una infidelidad.
No fue una sospecha ni una intuición. Fue un mensaje que apareció en el correo del rancho. Un mensaje que no estaba dirigido a mí, pero que decía claramente: “Yo también te amo mucho Mary”. Había más intercambios. No eran ambiguos. No eran interpretables.
Ese hallazgo no arregló nada, pero explicó muchas cosas: la agresividad, el desplazamiento emocional, las provocaciones constantes, el cambio radical de actitud. Durante un tiempo produjo una tregua frágil, sostenida más por el shock que por una verdadera recomposición.
Fue en ese clima cuando ocurrió otro episodio que, años después, adquiriría un significado distinto.
Durante una discusión, Mary me lanzó una acusación concreta y gravísima: afirmó que yo había dicho a Melany una frase de contenido completamente falso: "Donde quieres que te beso", una insinuación que jamás salió de mi boca y que, solo por existir como acusación, cruzaba un límite que yo no podía aceptar.
No fue una confusión.
No fue una frase mal entendida.
Fue una imputación directa.
Recuerdo el impacto físico de escucharla. No fue miedo. Fue incredulidad seguida de indignación. La sensación de que el suelo bajo los pies dejaba de ser suelo.
Mi reacción fue inmediata y breve. No entré en un intercambio largo. Mi voz subió, sí, pero por una razón clara: estaba siendo acusado de algo moralmente inadmisible.
Le dije que se fuera.
Que saliera de la casa.
Nada más.
En ese momento no sabía —no tenía forma de saber— que esa escena estaba siendo grabada en secreto.
El audio existe. Años después fue extraído, fragmentado y reutilizado fuera de contexto, sin la acusación previa que lo había provocado. Presentado como prueba de una agresión psicológica, como una expulsión arbitraria.
Cuando escuché ese fragmento años más tarde, todo empezó a encajar.
Las provocaciones.
Las discusiones delante de las niñas.
Las escenas registradas.
La acumulación paciente de “material”.
Recién a inicios de 2024, cuando Rubén me confesó todo, entendí que lo que yo había vivido como una sucesión de crisis no había sido una deriva accidental.
Había habido un plan.
Un plan elaborado por Maruja y sostenido por Mary para hacer mi vida miserable, manipular a las niñas, sacarme de la casa y apropiarse de todo.
En 2016, esa idea no existía para mí.
Yo solo intentaba entender qué estaba pasando con la mujer con la que había construido una vida, y por qué, de pronto, todo parecía volverse contra mí.
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VII. Noviembre de 2018 — El viaje que no era un viaje
Durante mucho tiempo pensé que ese viaje había sido solo una anécdota incómoda. Algo desagradable, sí, pero no decisivo. Hoy sé que no fue así. Hoy sé que fue un punto de inflexión. Pero en ese momento yo no tenía forma de saberlo.
En noviembre de 2018 yo estaba en Holanda. Había viajado para acompañar a mi madre. No estaba hospitalizada. Pasó su última semana en casa. Mis hermanas y yo nos turnábamos para estar con ella. Nadie quería que estuviera sola. Había una tristeza silenciosa, contenida, de esas que no necesitan palabras porque todo el mundo sabe exactamente lo que está pasando.
Yo estaba allí física y emocionalmente agotado. Dormía poco. Pensaba poco más allá del presente inmediato. Mi mundo, en ese momento, era muy pequeño: una casa, una cama, una despedida que se acercaba.
Fue en ese contexto que Mary me dijo que viajaría unos días con las niñas “para que conozcan más su propio país”. Así lo explicó. No hubo detalles. No hubo nombres. No hubo nada que despertara sospechas. En ese momento no me pareció extraño.
Casi al mismo tiempo me pidió dinero. Había que pagar impuestos. Había que hacer mantenimiento al auto. Eran gastos normales. Yo siempre había sido el sostén económico principal del rancho. Envié el dinero sin cuestionarlo.
Hoy, cuando pienso en eso, no siento rabia. Siento una tristeza extraña. Porque no hubo engaño burdo. Hubo algo peor: normalidad.
En ese momento yo no sabía que ese viaje no era solo de madre e hijas. No sabía que Rubén estaba allí. No sabía que Maruja también había sido invitada, junto con su esposo. No sabía que el viaje incluía lugares como Puerto Maldonado, Abancay, Andahuaylas, Quimbiri, Kiteni y Quillabamba. No sabía que Mary había financiado todo.
No sabía nada de eso.
Las niñas tampoco me contaron nada después. Cuando preguntaba, las respuestas eran cortas. Incompletas. Cambiaban de tema. Yo interpreté eso como cansancio, como falta de interés, como cosas de niños. No entendí que no podían hablar.
Años después supe un detalle que todavía hoy me cuesta procesar sin que algo se me cierre en el pecho: durante ese viaje, Gaia vio a Mary y a Rubén besándose.
No sé exactamente dónde ocurrió. Tampoco importa. Lo que importa es la imagen. Porque hay imágenes que no se olvidan. Y hay imágenes que no se pueden contar cuando quien controla tu casa, tu estabilidad y tu mundo es parte del secreto.
Ese viaje no fue solo una traición de pareja. Fue algo más profundo. Fue colocar a las niñas dentro de una vida paralela. Hacerlas testigos. Hacerlas cómplices involuntarias. Enseñarles, sin decirlo, que el silencio era necesario para que todo siguiera funcionando.
En ese momento, yo estaba lejos. Vulnerable. Despidiéndome de mi madre. Pensando que, al menos, en el rancho todo seguía su curso.
Hoy me cuesta no detenerme ahí y preguntarme:
¿qué hubiera hecho si lo hubiera sabido?
¿qué señales pasé por alto?
¿qué preguntas no hice porque no se me ocurrió que hubiera algo que preguntar?
En noviembre de 2018, yo todavía creía que lo peor ya había pasado.​​
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VIII. 2019–marzo de 2020 — Una incomodidad sin nombre
El año empezó con una sensación extraña. No fue una crisis abierta. Fue una incomodidad constante. Una duda que no sabía formular.
No había un hecho concreto al que pudiera señalar. No había una discusión decisiva ni un quiebre visible. Pero algo se estaba desplazando lentamente, como si el suelo perdiera estabilidad sin llegar a abrirse del todo.
En ese momento yo no sabía que Mary seguía apoyando económicamente a Rubén. No sabía que le había alquilado un cuarto en la Asociación de Vivienda Hábitat de Urubamba y, más tarde, otro en la calle Bolívar, donde mantenían sus encuentros. No sabía que el dinero tenía un recorrido que yo desconocía por completo.
Todo eso lo supe años después.
En 2019, lo único que veía era una relación cada vez más opaca, más contradictoria. Comentarios insinuados. Tensiones sin nombre. Silencios que pesaban más que las palabras. Yo no era señalado directamente, pero empezaba a sentir que algo se estaba preparando, aunque no podía entender qué.
Años más tarde, cuando Rubén me mostró mensajes de WhatsApp, muchas piezas encajaron de golpe. En uno de ellos, fechado el 15 de septiembre de 2019, Mary le exigía que devolviera al menos “los dos mil”. Leer ese mensaje fue perturbador. No porque lo explicara todo, sino porque mostraba que ese dinero —esos dos mil soles— ya existían como conflicto entonces, aunque no estuvieran aún asociados a mí.
En 2019, yo no fui acusado de nada.
Nadie dijo que yo hubiera robado dinero.
No existía todavía ningún relato en el que yo apareciera como responsable de una sustracción.
Ese mismo año, la relación entre Mary y Rubén terminó de manera conflictiva. Yo no conocía los detalles. No sabía que habían intercambiado mensajes violentos, reproches, exigencias económicas. No sabía que la relación había sido mucho más intensa y destructiva de lo que yo imaginaba.
Poco después, Rubén sufrió un grave accidente de moto. Quedó en coma durante diecinueve días.
En ese momento, yo no tenía idea de lo que ocurrió después. No sabía que, mientras él permanecía hospitalizado, Mary y Maruja habían entrado a su habitación, se habían llevado pertenencias personales y habían intentado eliminar rastros de la relación. No sabía que Rubén había iniciado acciones legales. No sabía que un tribunal había condenado a Maruja a indemnizarlo. No sabía que el abogado que la defendió entonces sería, años más tarde, el mismo que defendería a Mary.
Todo eso lo supe mucho después.
En marzo de 2020, pocos días antes de que yo dejara el país, ocurrió otro episodio que en ese momento no supe leer.
Mary y nuestra hija Gaia estaban en el terminal terrestre de Urubamba. Allí se encontraron con Rubén, que aún no se había recuperado completamente de su accidente y trabajaba en ese lugar. Hubo una discusión. Eso fue lo único que Mary me contó después.
Según su versión, el encuentro había sido casual. Me dijo que Rubén estaba alterado, que me acusaba a mí del accidente de moto, y que ella había salido en mi defensa. Presentó la escena como un cruce verbal incómodo, breve, sin mayor importancia.
Yo le creí. No tenía razones para no hacerlo.
Años más tarde vi el acta policial de ese día.
Supe entonces que el enfrentamiento había sido violento. No una discusión verbal, sino una pelea física en pleno terminal terrestre, con golpes, empujones, tirones y gritos, delante de muchas personas. Supe que Mary se enfrentó físicamente no solo con Rubén, sino también con su madre, que llegó al lugar, y que entre ambas mujeres hubo insultos y agresiones hasta que la situación se descontroló y requirió intervención policial.
Supe también que todo ocurrió en presencia de nuestra hija.
Leer ese documento fue profundamente perturbador. No solo por la violencia en sí, sino porque confirmaba algo que yo todavía no había querido mirar de frente: que Gaia había sido expuesta, una vez más, a un conflicto adulto brutal, vulgar, sin límites, ligado directamente a la relación secreta que ya había marcado su infancia.
Ella no solo había sido testigo del engaño. Había sido arrastrada dentro de sus consecuencias.
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Cuando pienso hoy en ese episodio, no lo veo como un hecho aislado. Lo veo como otra capa de una realidad paralela que yo no conocía. Una escena en la que yo no estuve presente, pero que tuvo consecuencias. Un episodio más en el que la versión que me fue dada no coincidía con lo que realmente había ocurrido.
Días después, el 8 de abril de 2020, dejé el Perú para viajar a Holanda, en medio de la incertidumbre global por la pandemia.
Me fui sin saber que muchas de las cosas que no entendía todavía estaban abiertas.
Me fui creyendo que el conflicto era doméstico, íntimo, limitado.
No sabía que lo más grave todavía no había empezado.
IX. 2020 — Cuando irse parecía la única forma de quedarse
Cuando empezó a hablarse del COVID, al principio nadie entendía realmente lo que significaba. Era una palabra lejana, algo que pasaba en otros países. Luego, en cuestión de días, todo se cerró.
Perú fue uno de los primeros países en imponer una cuarentena total. El turismo desapareció de un día para otro. El rancho quedó vacío. Los ingresos, que ya eran frágiles, se evaporaron. Los animales seguían necesitando comida. Los trabajadores seguían necesitando algo para vivir. Las niñas seguían necesitando estabilidad.
Yo estaba atrapado entre dos miedos distintos: el de quedarme sin poder sostener nada y el de irme y que eso fuera interpretado como abandono.
La embajada de los Países Bajos empezó a contactar a sus ciudadanos. Ofrecían vuelos de repatriación. No eran muchos. No sabíamos si habría más. La incertidumbre era total.
Recuerdo las conversaciones con Mary en ese momento. No fueron discusiones abiertas. Fueron intercambios tensos, cargados de una urgencia que no dejaba espacio para pensar demasiado. Llegamos a un acuerdo: yo viajaría a Holanda para trabajar y enviar dinero. Desde allí, al menos, podía generar ingresos. En el rancho, sin turismo, eso era imposible.
El 8 de abril de 2020 tomé el último vuelo.
Recuerdo el aeropuerto casi vacío. Recuerdo la sensación de irme sin saber cuándo volvería. Recuerdo pensar —con una mezcla de culpa y convicción— que estaba haciendo lo correcto.
En ese momento, yo creía que ese sacrificio iba a servir para sostener a todos.
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X. La distancia que se llenó de palabras ajenas
(2020–2022)
Cuando empezó la pandemia, nadie sabía cuánto iba a durar ni qué iba a destruir primero. En Perú, el encierro fue inmediato y severo. El turismo se detuvo de un día para otro. El rancho quedó sin ingresos. Los animales seguían allí. Las cuentas también.
Durante semanas intentamos entender qué hacer. La embajada holandesa comenzó a enviar avisos sobre vuelos de repatriación. No era una decisión sencilla. No quería irme. No quería dejar a las niñas. Pero la realidad era clara: en Perú no iba a poder generar ingresos durante mucho tiempo. En Holanda, quizás sí.
Lo hablamos. Mary estuvo de acuerdo. La idea era simple: yo podía ser más útil desde afuera.
El 8 de abril de 2020 tomé uno de los últimos vuelos. Me fui con la sensación de estar haciendo lo correcto, aunque me pesara en el cuerpo. No fue una huida. Fue una estrategia de supervivencia.
En Europa trabajé cuando fue posible. No elegí trabajos cómodos ni acordes a mi historia. Trabajé donde se podía. Entre 2020 y 2022 envié 47.690 dólares a la cuenta personal de Mary. Transferencias regulares, documentadas. Dinero destinado a la casa, a las niñas, al rancho.
Durante ese tiempo hablábamos. No siempre fácil, pero hablábamos. Yo creía que, a pesar de todo, seguíamos intentando sostener algo.
Cuando regresé a Perú, algo había cambiado.
No de golpe. No con una acusación directa. Empezó de otra manera.
Mary comenzó diciendo que había recibido “muy poco dinero”. Que no alcanzaba para cubrir los gastos. Lo decía como quien se queja de un cálculo mal hecho. Yo sabía que no era cierto, pero pensé que se trataba de tensión acumulada, de cansancio.
Después la frase cambió.
Empezó a decir que yo casi no las había apoyado durante el COVID. Que había sido insuficiente. Que ella había tenido que arreglárselas sola. Yo seguía sin entender qué estaba ocurriendo. Los números estaban allí. Las transferencias también.
Más adelante, el relato dio otro giro.
Dijo que yo había estado bien en Holanda. Que había tenido una buena vida mientras ellas pasaban dificultades aquí. Que había disfrutado mientras ellas resistían. Escuchaba eso con una mezcla de desconcierto y tristeza. Nada de eso coincidía con lo que yo había vivido.
Y entonces llegó la acusación final.
Les dijo a las niñas que yo me había ido. Que las había dejado. Que había sido cobarde. Que las había abandonado durante la pandemia. Que no había estado cuando más me necesitaban.
Eso no ocurrió años después. Ocurrió entonces, tras mi regreso, mientras yo todavía estaba allí, intentando recomponer algo que ya no se sostenía.
No entendí de inmediato lo que estaba pasando. Pensé que se trataba de reproches, de resentimiento, de una forma torpe de expresar dolor. No vi que se estaba instalando una historia. Una versión que no buscaba discutir hechos, sino ocupar un lugar en la cabeza de mis hijas.
Yo seguía creyendo que los conflictos se resolvían hablando. No entendía que, en ese momento, ya no se trataba de resolver nada, sino de reemplazarme.
Durante el COVID, la distancia fue física.
Después, empezó a ser otra cosa.
Y esa distancia sería mucho más difícil de atravesar.
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XI. Volver sin volver
(después del COVID)
Cuando finalmente regresé, pensé —otra vez— que la presencia iba a ordenar las cosas. Que vernos cara a cara permitiría aclarar malentendidos. Que la distancia había sido el principal problema.
Me equivoqué.
Las niñas me miraban distinto. No con odio. No con rechazo abierto. Era algo más difícil de nombrar: cautela. Como si yo fuera alguien que había que evaluar antes de confiar. Como si hubiera una historia previa que yo no conocía.
Mary estaba distinta. Más dura. Más confrontacional. Las conversaciones se convertían rápidamente en reproches. Muchos de ellos no tenían relación con hechos que yo reconociera.
Cualquier intento de explicación era interpretado como defensa. Cualquier silencio, como confirmación de culpa.
Vivía en estado de alerta.
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XII. Rosita
Volví al Perú después del COVID con la sensación de estar entrando en una casa que ya no reconocía del todo. Había pasado tiempo. Había distancia. Había silencios acumulados. Pero nada me preparó para lo que vi en la casa de huéspedes.
Allí estaba.
Una calavera humana.
Mary la llamaba “Rosita”.
No supe qué pensar. Durante unos segundos creí que estaba interpretando mal lo que veía, como si el cansancio o el desajuste del regreso me estuvieran jugando una mala pasada. Pero no. Era real. Estaba allí, colocada con intención, no como un objeto olvidado, sino como algo que formaba parte de la vida cotidiana de la casa.
No pregunté de inmediato. Me quedé en silencio, observando, tratando de entender.
Conozco la sierra. Conozco la cosmovisión andina. Sé que en las montañas existen creencias profundas, ancestrales. He oído hablar del pishtaco, de la Pachamama, de las ofrendas, de los rituales que mezclan catolicismo popular, memoria indígena y superstición. Sé que existen curanderos, chamanes, prácticas que buscan proteger, sanar o explicar lo inexplicable.
Pero esto era distinto.
Esto no era una ofrenda a la tierra.
No era una tradición comunitaria.
No era un rito compartido ni simbólico.
Era una calavera humana, separada de su descanso, utilizada como instrumento.
Mary encendía velas. Le ofrecía cigarrillos. Le dejaba cerveza. Hacía rituales sin mi presencia. Cosas que no se hablaban, que se hacían a escondidas. Yo sentía rechazo, pero también una profunda incomodidad moral que no sabía cómo formular.
Para mí, esa calavera pertenecía a alguien. A una persona que había vivido, que había tenido una historia, una familia, un nombre. Alguien que debía descansar en paz. No podía aceptar que los restos de un ser humano fueran extraídos de su tumba para servir a los deseos, miedos o ambiciones de otros.
Me parecía una profanación.
Me parecía una falta absoluta de respeto.
Pero en ese momento no logré ir más allá de esa intuición. Pensé que era superstición. Pensé que era influencia cultural. Pensé que no entendía del todo y que quizá estaba juzgando desde afuera.
Años después, todo cambió de lugar.
Cuando Rubén me confesó lo que había ocurrido durante los años en que yo no sabía nada, Rosita dejó de ser un episodio extraño y pasó a ocupar un lugar central en la historia.
Rubén me contó que Mary, en coordinación con Maruja, lo había enviado una vez a recoger tierra del cementerio. Tierra de tumbas. Para ser usada en rituales. Me dijo que una noche las llevó a Cusco, a la casa de la hermana de Mary. Ellas entraron. Él tuvo que esperar afuera. El ritual duró toda la noche.
Al amanecer regresaron al Valle. En el camino hubo un pequeño accidente con el coche. Recuerdo ese episodio. Mary me dijo que había tenido un accidente menor y que el coche se había arreglado rápidamente. En ese momento no le di importancia.
Años después, todo encajó.
Rosita no era un gesto aislado.
No era una rareza cultural.
Era parte de algo mucho más oscuro.
Comprendí entonces que Mary había perdido cualquier brújula ética. Que ya no distinguía entre lo que es aceptable y lo que no. Entre respeto y profanación. Entre límites y ausencia total de ellos.
Comprendí también el rol de Maruja. No como una influencia anecdótica, sino como alguien que había introducido, reforzado y legitimado un sistema de creencias basado en rituales, maldiciones, “ofrendas” y prácticas destinadas a controlar, dañar o someter.
Mary había sido envenenada por ese mundo. No en un sentido metafórico, sino ético.
Con los años, vi esa misma ausencia de límites repetirse en otros gestos. Uno de los más difíciles de procesar fue el video que Mary grabó de nuestro perro Anton, agonizando. Piel sobre hueso. En lugar de buscar ayuda, tomó el tiempo de filmarlo. De registrar la muerte.
Ese gesto lo dijo todo.
Explicaba cómo pudo usar a sus propias hijas como instrumento. Cómo pudo manipularlas, enfrentarme a ellas, colocarles historias falsas en la cabeza para obtener dinero, poder o control.
Algo fundamental en el comportamiento humano estaba ausente. Algo que normalmente frena. Que impide cruzar ciertas líneas. Que marca lo sagrado.
Rosita fue la señal más clara de eso.
No lo entendí entonces.
Lo entendí después.
Y cuando finalmente lo entendí, ya no hubo forma de mirar nada de lo ocurrido como una simple crisis de pareja.
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XIII. 2023 — El año de la explosión
Durante mucho tiempo pensé que lo que vivíamos era el arrastre prolongado de una relación deteriorada. Conflicto, resentimiento, manipulación. Nada sano, pero todavía dentro de un marco que yo creía reconocible.
En 2023 entendí que ya no era eso.
Ese año empezó con algo que no fue una explosión ni una escena violenta inmediata, sino algo más frío y más peligroso: una serie de acusaciones constantes, casi siempre hechas delante de las niñas.
Mary comenzó a acusarme de todo tipo de cosas. Historias inventadas. Insinuaciones lanzadas como verdades. Relatos que no buscaban aclarar nada, sino instalar una imagen. Yo escuchaba cómo se iba construyendo una versión de mí que no reconocía, mientras mis hijas estaban sentadas allí, atrapadas entre dos realidades incompatibles.
Una de esas acusaciones fue que yo no quería que las niñas estudiaran. Lo repetía una y otra vez, apoyándose en algo real pero deformado: mis críticas al sistema escolar del valle. Yo había cuestionado que se sobrecargara a los alumnos con tareas interminables, que se dedicara tanto tiempo a enseñarles a marchar, mientras el inglés básico —una herramienta clave para su futuro— quedaba relegado. Eso fue transformado en una narrativa opuesta: que yo no quería su educación, que no me importaba su porvenir.
También empezó a acusarme de tener amantes. No como sospecha, sino como afirmación. Llegó incluso a decir que yo mantenía una relación con la esposa de uno de mis mejores amigos del pueblo, un antiguo periodista inglés que es ciego. El origen de esa acusación fue tan absurdo como revelador: había encontrado unos cabellos en el coche familiar.
Un detalle mínimo se convirtió en una historia completa.
Una insinuación se transformó en certeza.
Y esa certeza fue repetida delante de las niñas.
Aquel episodio, que empezó con un simple cabello encontrado en el coche, terminó convirtiéndose en algo mucho más grave.
En 2023, durante una conversación que quedó grabada, Gaia me dijo algo que me dejó sin aire. Me dijo que había visto —años atrás, durante una visita a casa de ese amigo, el periodista inglés ciego— cómo yo y su esposa teníamos relaciones íntimas delante de sus ojos.
Escuchar eso fue devastador.
No solo por la acusación en sí, sino porque era materialmente imposible.
Mi amigo vive en una casa adaptada a su ceguera: un espacio completamente abierto, sin puertas ni habitaciones cerradas, salvo el baño. Los ambientes son compartidos, visibles desde casi cualquier punto, y además convive con dos empleados que están siempre presentes.
En una casa así, sería imposible que ocurriera algo mínimamente íntimo sin que alguien lo notara. Resulta aún más absurdo pensar que yo pudiera hacer algo así frente a mi propia hija, mientras visitaba a uno de mis mejores amigos.
Aquello no era un recuerdo.
Era una construcción.
Una falsa memoria implantada, repetida, reforzada, hasta terminar siendo vivida como real. Fue uno de los momentos más duros para mí, porque mostró hasta qué punto la manipulación de Mary había contaminado la percepción de sus propias hijas. Lo que había empezado como una insinuación absurda había terminado convertido en un recuerdo fabricado.
Cada acusación era una trampa emocional. No buscaban una respuesta. Buscaban deteriorar mi imagen ante las niñas, obligarlas a posicionarse, erosionar el vínculo de manera silenciosa pero constante.
Ese mismo año apareció otra acusación, aún más peligrosa.
Mary me acusó de haber robado 2.000 soles del cuarto de las niñas antes del COVID. Dijo que ese dinero correspondía a los “ahorros de propinas” de las hijas. Lo afirmó con seguridad, como si fuera un hecho probado.
La acusación era falsa.
Nunca toqué ese dinero. No existía ninguna base para sostenerla. Lo negué de inmediato. Pedí explicaciones. No hubo pruebas. No hubo preguntas. La lógica ya no era verificar, sino instalar una versión.
Mucho después, al revisar mensajes antiguos, apareció una pieza clave. En 2019, tras una ruptura con Rubén, Mary le había escrito exigiendo que “por lo menos nos devuelva los dos mil”. Ese mensaje, recuperado tiempo después, revelaba algo perturbador: el dinero existía como conflicto desde años antes, pero no conmigo.
En 2023, esa historia fue reescrita.
Y mis hijas fueron colocadas en el centro de la manipulación.
Ese fue el momento en que empecé a preocuparme de verdad por el estado mental y emocional de Mary.
Hasta entonces había interpretado muchos de sus comportamientos como rabia, resentimiento o estrategias de control dentro de una convivencia rota. En 2023 sentí que había algo más profundo que ya no podía ignorar.
Pensé entonces en su historia familiar. Sabía que su madre había tenido problemas de salud mental durante muchos años. Había abandonado a su familia, vivido en condiciones muy precarias y, en algún momento, recibido tratamiento en una institución. Nunca supe cuál fue su diagnóstico, ni pretendí saberlo.
Vi a su madre una sola vez, durante un matrimonio. Vivía entonces en la casa de una de sus hijas. Me senté a su lado durante la celebración. Sonreía, pero no hablaba. Permanecía en silencio, distante.
Tiempo después, antes de viajar a Holanda durante el COVID, pasé una noche en esa misma casa en Cusco. La madre estaba allí, pero no la vi. Permaneció todo el tiempo en su habitación. Su presencia parecía un tema delicado, casi oculto.
No saqué conclusiones médicas. No soy médico. Pero empecé a preguntarme si lo que estaba ocurriendo con Mary iba más allá de un conflicto de pareja.
Ese mismo año, tras múltiples episodios de provocación y agresión, hablé con un amigo cercano. Me sugirió buscar ayuda profesional. Contraté a un psicólogo con la intención de explorar si existía alguna salida civilizada a nuestra convivencia.
Mary se negó. No quiso hablar. No quiso explorar ninguna forma de cierre ordenado.
También hablé con un amigo abogado, no para iniciar un conflicto, sino para entender el marco legal. Él habló con Mary y le explicó con claridad la situación: no estábamos casados, yo no era el padre biológico de Melany, y legalmente ella solo tendría derecho a la mitad de lo adquirido durante la convivencia. No habría derechos automáticos sobre el rancho.
Nada de eso abrió un espacio de diálogo. Mary no quería un acuerdo. Quería todo.
En una de las discusiones de 2023, mientras Mary gritaba fuera de control, tomó su teléfono y llamó a su hermana. Activó el altavoz.
Sin advertirme, convirtió la pelea en un escenario compartido.
Su hermana comenzó a gritarme de inmediato, utilizando un lenguaje vulgar, agresivo, amenazante. Al fondo se escuchaba la voz de su esposo, fiscal en Urubamba. También él intervino, usando el mismo tono, las mismas palabras. No recuerdo frases exactas, pero sí el registro: no era una conversación familiar, era una advertencia.
En ese momento entendí algo que me dejó helado: el conflicto ya no estaba contenido dentro de la casa. Había salido al exterior. Había entrado en otro terreno.
No era una discusión privada. Era una demostración de poder.
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Por consejo de otro amigo, contraté a una psicóloga. La situación en casa se había vuelto insostenible. Yo estaba cada vez más convencido de que Mary no estaba bien.
Sus ataques verbales podían durar más de una hora sin interrupción. Gritaba sin parar, el rostro enrojecido, sudando, sin control. Yo permanecía en silencio, siguiendo el consejo profesional. Grababa los episodios. Existen audios de más de una hora de violencia verbal continua.
Lo más perturbador era el cambio abrupto. Al terminar, podía salir al patio, acariciar al perro, hablarle con dulzura, como si nada hubiera pasado. El cambio de registro era instantáneo, casi irreal.
La psicóloga, Danicela, me pidió permiso para intentar hablar con Mary. Pensó que quizás una conversación profesional podría abrir algún espacio. Soportó más de cinco horas de diálogo hasta que Mary perdió el control, empezó a gritarle y la amenazó con denunciarla.
Nadie podía razonar con ella.
Ese mismo año ocurrió otro episodio que confirmó que la situación ya no estaba contenida dentro de la casa.
Recibí un correo de uno de mis mejores amigos del pueblo, el antiguo periodista inglés ciego. Me reenviaba un mensaje de WhatsApp de su esposa —la misma mujer a la que Mary llevaba tiempo señalando con insinuaciones y acusaciones infundadas.
Una mañana, caminando por una de las calles principales del pueblo para recoger un paquete, ella escuchó gritos. Mary había detenido su camioneta en medio de la calle, bloqueando el tránsito. Desde allí le gritó insultos, acusaciones y expresiones ofensivas, incluso delante de su propia hija. Todo el mundo escuchaba. Todos miraban.
No era la primera vez. Ya había ocurrido semanas antes. Esta vez fue directa, cercana, agresiva. La mujer sintió miedo real. Temió que Mary bajara del vehículo y la agrediera físicamente. No exageraba. Era el miedo lógico frente a alguien que había perdido todo límite en público.
Horas después, todavía temblando, le escribió a su esposo. No para dramatizar, sino para dejar constancia. Dijo que se sentía humillada, expuesta, y que ahora tenía miedo incluso de salir a la calle.
Solo entonces entendí que no se trataba de episodios aislados: la misma mujer había sido primero convertida en objeto de una acusación absurda delante de mis hijas, y luego atacada públicamente en la calle, delante de todos.
Y no fue el último episodio.
En 2023 la violencia escaló de forma clara. Los gritos se escuchaban desde la puerta del rancho. Un día, Mary tomó un palo de madera y me atacó delante del vecino Alejo Ayme, que observó sin intervenir. Yo quedé herido, con la camisa rota y los brazos sangrando. Existen fotografías.
En otra ocasión la encontré en la cocina en un estado que me alarmó de inmediato.
Estaba ebria. No de una manera confusa o pasiva, sino desbordada. Gritaba de forma histérica. Insultaba y lanzaba todo lo que tenía al alcance de la mano. Platos, tazas, vasos. Luego objetos más pesados. Incluso las parrillas de hierro de la cocina, las que se colocan sobre el fuego para apoyar las ollas. Todo volaba en mi dirección.
La cocina se transformó en un campo de batalla. Cerámica rota en el suelo, restos de vidrio, objetos dispersos. Su mirada estaba perdida, fuera de sí.
En medio de ese caos, tomó un cuchillo largo.
Poco después se cayó al suelo y se orinó encima.
Quedó sentada en el suelo, completamente borracha, con el cuchillo en la mano, amenazándome. No era una escena confusa ni exagerada: era peligrosa. Yo me quedé quieto. No respondí. No grité. Hablé lo menos posible. Me acerqué con cuidado y, en un momento en que bajó la guardia, logré quitarle el cuchillo de la mano.
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No llamé a nadie. No hice una denuncia. No convertí ese episodio en un espectáculo. Lo guardé como se guardan las cosas que no se saben explicar ni contar.
Hoy, al escribirlo, entiendo algo que entonces apenas me permití pensar: aquello no era una discusión doméstica. Era una situación fuera de control.
Nada de esto fue un arrebato aislado.
Nada fue un accidente.
Era la culminación de un caos sembrado años antes. En 2023 entendí que Mary buscaba una escalada. Necesitaba provocar una situación que me colocara en el lugar del agresor físico.
El 27 de octubre de 2023 entendí que no podía seguir allí.
Ese día viajé a Arequipa y me quedé en un hotel durante dos o tres semanas, hasta que encontré un mini-departamento en una zona segura de la ciudad.
No fue un abandono.
Fue una medida de prevención.
Me fui para evitar lo que ella estaba intentando provocar. Me fui para protegerme. Y también —aunque entonces no lo sabía del todo— para proteger a las niñas de una explosión mayor.
Ese fue el final de la convivencia.
Y el inicio de todo lo que vendría después.
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FIN TOMO I
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